Nadie desea pensar en ello, pero lo cierto es que en ocasiones ocurre; la relación se acaba y llega el momento de la separación, o incluso el divorcio. Es algo que deberemos ser capaces de afrontar lo mejor posible.
Prácticamente siempre se trata de una situación un tanto traumática, sobre todo si llega tras muchos años de relación. En un primer momento, tras la ruptura inicial de la pareja, es frecuente pasar por una etapa de negación, de provisionalidad. Una etapa en la que todavía mantenemos la esperanza de que se trate de un problema reversible. No es infrecuente que la pareja se resista a separarse, lo hablen, y decidan darse una segunda oportunidad estén o no casados. Merece la pena intentarlo pues tras un tiempo de separación, de descanso, podemos descubrir cuanto echamos de menos a la otra persona, y podemos darnos cuenta que los problemas que antaño parecían insalvables, quizá no lo sean tanto. Si se trata de un matrimonio este periodo inicial suele al producirse la separación, el fin de la vida en común, ya sea tras una separación “de hecho”, ya sea tras la solicitud de la separación judicial.
Si las cosas siguen sin ir bien, la pareja acabará por romperse definitivamente de forma casi inevitable. Y aquí llegamos a otra de las etapas críticas del proceso: el momento en el que somos conscientes de que la relación realmente se ha acabado de forma definitiva. En un matrimonio este momento con cierta frecuencia llega de golpe, no ya al iniciar los trámites de divorcio, sino al encontrarse con los papeles ya preparados y listos para la firma. Ese momento representa el punto sin retorno, ya no hay marcha atrás, y no es infrecuente que nos asalten las dudas de última hora. ¿Se debe firmar?
Y eso nos lleva a plantearnos el divorcio. No será nunca una situación agradable, sobre todo si hay hijos fruto de la relación, pero si algo hemos de tener claro es que independientemente de los motivos que hayan llevado al matrimonio hasta esta situación, deberemos hacer lo posible para llegar a un acuerdo en el divorcio. Los divorcios de mutuo acuerdo son siempre infinitamente menos traumáticos que aquellos que van por vía contenciosa, tanto para los cónyuges, como para los posibles hijos. Si es necesario se puede recurrir a la figura del mediador familiar, un asesor que nos puede ayudar a acercar posiciones y llegar a un compromiso que evite meses de enfrentamientos entre los cónyuges. Cuanto más fácil sea el proceso de separación, más rápidamente podremos superarlo y rehacer nuestras vidas.
Pero ante todo deberemos tratar de ser positivos y pensar que, aunque nos pueda invadir la tristeza por la situación actual, poco a poco todo irá a mejor.
Por si puede servir de ayuda en una situación como ésta, ponemos a vuestra disposición un enlace a una página en la que podréis encontrar información y consejos: